Todo esto debe unirse a la evolución
seguida que ha consistido en un descenso moderado de la superficie productiva
y en la importante renovación del viñedo, afectando fundamentalmente
a la edad, a los sistemas de plantación y conducción y a las
variedades. Se recupera el tradicional Tempranillo y se introduce, después
de años de estudios de adaptación, variedades de prestigio de
otras zonas vitivinícolas como el Cabernet-Sauvignon, Merlot, y Chardonnay.
El resultado son unos vinos aromáticos,
tanto más afrutados cuanto más jóvenes sean, de cuerpo
y estructurados, con buen equilibrio entre grado alcohólico y acidez
y de suaves paladar. Los rosados tienen aromas muy frutosos y de delicado
paladar, con una gran persistencia.
Los vinos blancos poseen un ligero
aroma floral delicado al paladar con una graduación alcohólica
moderada y frescos. En cuanto a los vinos elaborados con la variedad Chardonnay
fermentados en barrica se caracterizan por su color amarillo dorado, de aroma
muy intenso y peculiar de dicha variedad resultando unos vinos muy estructurados
en boca con tonos tostados. No acusan su riqueza alcohólica, en torno
a 13 º, dada su buena acidez total.